Me humedezco en el metal golpeado,
arrodillado,
trago el hambre de la derrota
como si fuese artesano del perder.
Seduzco la controversia del porvenir
aún sabiendo su irónica respuesta
al notar la utópica franqueza
en sus ojos degollados.
Me consagro en las pestañas de la guerra,
de la muerte,
enveneno mis pulmones con la vergüenza oxigenada
y arremeto con cinismo al puñal.
Me muero en tu seno,
encarcelado al tropiezo,
cabizbajo me declaro,
un metal deteriorado.
jueves, 18 de marzo de 2010
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